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HISTORIA DE LAS ÁREAS NATURALES PROTEGIDAS DE MÉXICO Roberto de la Maza Elvira y Javier de la Maza Elvira
La época Prehispánica
Mantener la vida silvestre, por medio de la protección de áreas naturales, parece haber sido usual entre nuestras culturas prehispánicas. Esto, se pudo deber a la necesidad que las teocracias militares tenían por emular el Tlalócan, paraíso mítico asociado a la deidad de la lluvia. Por desgracia, es poca la información disponible y procede de fechas posteriores al siglo XIV d.C.
El Señor de Acolhuacán, Nezahualcóyotl, se dio a la tarea de construir bosques y jardines en su reino, el más importante fue el de Texcotzinco, bosque le sirvió de escondite durante las persecuciones de las que fue objeto en la guerra contra Tezozómoc y Maxtla, señores de Azcapotzalco (De Alba Ixtlixóchitl, 1563).
Texcotzinco fue planeado de tal manera que tuviese riego permanente por gravedad. Un acueducto conducía el agua desde el cerro Tláloc, en la Sierra Nevada y la llevaba hasta la cumbre del cerro. Desde allí, una complicada red de de acequias y canales formaban el sistema de riego, los célebres baños del Señor acolhua y sitios sagrados, palacios y templos, en donde ser realizaban los ritos de la lluvia y el monarca se retiraba a decidir la política de su reino o a cultivar las artes. Bajo las instrucciones del soberano, la vegetación fue propiciada, cuidada y enriquecida, de igual manera que la fauna, que era resguardada de la cacería.
Hacia 1428, Nezahualcóyotl cercó el Bosque de Chapultepec, construyó una casa de recogimiento, enriqueció la flora, plantó sus famosos ahuehuetes e implantó una rica fauna. El historiador Francisco Javier Clavijero (1982) indica que, para proteger los bosques, Nezahualcóyotl limitó la obtención de leña y estableció penas a los infractores desde principios del siglo XV. La cacería en los bosques o jardines que gozaban de su protección, era causa de pena de muerte.
Los jardines que el monarca acolhua construyó en su reino fueron descritos por su descendiente Fernando de Alba Ixtlixóchitl (1563), poco después de la conquista:
“…estaban adornadas de ricos alcázares suntuosamente labrados, con sus fuentes, atarjeas, acequias, estanques, baños y otros laberintos admirables en donde tenía plantados diversidad de flores y árboles de todas suertes,…para el adorno y servicio de estos palacios, jardines y bosques que el rey tenía se ocupaban los pueblos que caían cerca de la corte por turnos y tandas…”.*
* Todas las citas textuales se toman a partir de De la Maza (1998) y De la Maza (1998).
Moctezuma Ilhuicamina, monarca mexica, fundó el jardín de Oaxtepec, en 1450, utilizando otros, más viejos, que ya existían en ese lugar. El cronista Fray Diego de Durán (1967), rescató un testimonio de cuando Tlacaelel ideó tal obra:
“Señor la provincia de Tierra Caliente…… son muy abundantes de aguas y fuertes, muy fértil y abundosa, especialmente unas fuentes muy nombradas que hay en Huaxtepec…será cosa muy deleitosa…que se haga una pila grande, donde aquel agua se recoja…para que pueda regar toda la tierra que alcanzare, y que luego enviemos a la provincia de Cuetlaxtla…a traer plantas de cacao y xuchinacaztli, plantas de yolloxúchitl, cacahuaxúchitl, izquixúchitl, huacalxúchitl, cacaloxochitl, y de todos los géneros de flores que aquella costa calidísima se dan...”.
En 1465, Moctezuma Ilhuicamina tomó a su cargo el Bosque de Chapultepec y mandó a labrar su retrato y el de su hermano Tlacaelel en las rocas del cerro. Esta tradición, fue seguida por los monarcas mexicas, Ahuízotl y Moctezuma Xocoyótzin al asumir el cuidado del bosque. Testimonio de esta cultura de conservación nos llega por el conquistador Antonio de Solís (1579) y Fray Toribio de Benavente (1541), que describen la actitud de Moctezuma Xocoyótzin:
“No gustaba de árboles fructíferos ni plantas comestibles en sus recreaciones, antes solía decir que las huertas eran posesiones de la gente ordinaria; pareciéndole más propicio en los príncipes el deleite sin mezcla de utilidad. Todo era flores de rara diversidad y fragancia…Haciendo traer a sus jardines cuantos géneros produce la benignidad de aquélla tierra”. “Los indios Señores no procuran árboles de fruta porque se la traen sus vasallos, sino árboles de floresta, de donde cogen rosas y donde se crían aves…”
Además de la casa real, Moctezuma Xocoyótzin cuidadba del bosque de Chapultepec; estableció jardines y construyó casas de retiro en el volcán Popocatépetl y en Atlixco, Puebla, y conservaba el de Oaxtepec, Morelos. Cuando los españoles llegaron, el jardín de Oaxtepec tenía más de 75 años de funcionar como área protegida. Sobre su aspecto, Hernán Cortés (1522) nos narra:
“Llegamos a Guastepeque la cual huerta es la mejor y más hermosa y fresca que nunca se vió, porque tiene dos leguas de circuito, y por medio de ella va una muy gentil ribera de agua, y de trecho en trecho, cantidad de dos tiros de ballesta, hay aposentamientos y jardines muy frescos, e infinitos árboles de diversas frutas y muchas hierbas y flores olorosas, que cierto es cosa de admiración ver la gentileza y grandeza de toda esa huerta…”.
Estos bosque y jardines tenían una concepción más cercana a lo que ahora denominamos jardines botánicos, y era tal la necesidad por lograr las plantas más extrañas y raras, que los mexicas tuvieron que conquistar Tlachquiauhco (Tlaxiaco, Oaxaca) para obtener el Tlapalizquixóchitl, árbol sagrado cuya identidad, actualmente es desconocida (Clavijero, op. cit).
Clavijero también afirma que los Señores apartaban bosques y cerros, cuyas plantas y animales sólo se podían tomar para celebrara ciertas festividades o ritos. Tal era el caso del cerro Zacaltépetl y los bosques que lo rodean, en lo que ahora es la Delegación Tlalpan, al sur de la Ciudad de México.
En lo que se refiere a los mayas, ante la carencia de testimonio de su época de mayor esplendor, los datos obtenidos por investigadores indican que, en la península de Yucatán, existen terrenos con una diversidad muy superior a la del resto de la selva, y, además, que existen muchas especies que no se encuentran usualmente en la flora de la región. Salvador Flores Guido y Ukán-Ek han rescatado el nombre de pet-koot (cercado redondo), que los indígenas de Yucatán usan para designar estas acumulaciones de plantas útiles, aún protegidas, que fueron heredadas desde tiempos milenarios (Flores y Ukán-Ek, 1983). Estas reservas son denominadas kal-koot (nuestro cercado) en Quintana Roo.
Alfredo Barrera (comp. pers.) sugería que las grandes acumulaciones de zapote-ramón que se encuentran en la cercanía de las ruinas mayas, mismas que ahora se han tomado como asociaciones naturales de la selva, no eran sino los remanentes de las huertas de las que se surtía su población. A manera de broma, este investigador bautizó la asociación vegetal como “huertas altas perennifolias”.
La época Colonial
Una vez consumado el dominio de los españoles, los bosques y ecosistemas de México se vieron ante una nueva filosofía de uso de suelo. Los colonizadores usaban enormes cantidades de madera para la construcción y combustibles de vivienda, ciudades y otras obras civiles. La minería consumía bosques para ademe de los tiros y los procesos de beneficio. Así mismo, al implantar los ganados del antiguo continente, los arbolados empezaron a ser extirpados para establecer pastizales. Así, Hernán Cortés, otorgó el Bosque de Chapultepec al capitán Julián Jaramillo, quien empezaba a desmontarlo, hasta que Carlos V, por Cédula Real del 30 del junio de 1530, lo convirtió en el primer bosque protegido de la Nueva España, (Enciclopedia de México, 2000, p. 2023).
La primera reglamentación colonial del uso de los bosques fue obra del virrey Don Antonio de Mendoza. A él se debe que podamos apreciar árboles milenarios del Bosque de Chapultepec, ya que su destrucción por actividades furtivas fue prohibida por medio de una cédula virreinal, cerca de 1536. Así mismo, en 1549, emitió dos mandatos (Enciclopedia de México, 2002, p. 1036):
“Ninguna persona corte árboles algunos, en los montes, guardando sobre ello lo que manden las leyes del reino, so pena de incurrir en castigo”. “Ninguna persona, para hacer leña, corte árbol alguno en pié, sino sólo las ramas”.
Mediante un plan entregado a las autoridades el 6 de abril de 1615, el ingeniero holandés Adriano Boot, intentó salvar los lagos del Valle de México por medio de chinampas y canales, proyecto muy productivo y conservacionista. Por desgracia, ante una grave inundación provocada por Enrico Martínez y funcionarios asociados, el Virrey Matías de Gálvez se inclinó por el proyecto del último, que proponía desaguar los lagos, condenándolos a desaparecer (Humboldt, 1822).
En el siglo XVII, José de la Borda estableció un rico jardín, que aún persiste en Cuernavaca, Morelos. Durante la intervención francesa, era uno de los lugares favoritos de Maximiliano y Carlota, que organizaban excursiones científicas, coloquios, e incluso despachaban asuntos de gobierno desde allí, ya que les gustaba vivir entre sus abundantes plantas, aves y mariposas (Porrúa, 1994).
Durante la Colonia hubo una gran destrucción forestal a lo largo de toda la Nueva España, causada por la formación de haciendas agropecuarias y la fundación de asentamientos caóticos de indígenas, que escapaban a los montes para evadir el maltrato que recibían. Ante esta situación, para finales del siglo XVIII, desde su exilio, el Padre Clavijero reclamaba:
“Pluguiese a Dios que al presente no hubiese tanta libertad en el desmonte de los bosques y que muchos labradores de aquel reino no antepusieran su utilidad al bien público, abatiendo sin orden ni concierto las arboledas, para dar mayor extensión a sus sementeras”.
En 1803, Humboldt trajo a Nueva España las “Ordenanzas para el gobierno de los montes y arbolado”; y al ser dotados algunos hacendados de títulos nobiliarios, pudieron destinar el uso de sus predios. De esta manera, Pedro Romero de Terreros, conde de Regla, seleccionó dos predios: Real del Monte y Atotonilco el Chico, y los protegió con el nombre de “Bosques Vedados”. Al independizarse el país, la ley de 1826 expropió estos terrenos.
La Conservación durante la Independencia
Cerca de 1824, llegó a México el botánico de origen germano Kart Sartorius y compró la propiedad denominada El Mirador, en las cercanías de Huatusco, Veracruz. En ella estableció cafetales que le permitieron ganarse la vida, y protegió la exuberante vegetación que tanto le fascinaba. El Mirador funcionó como estación biológica internacional, a la que acudieron zoólogos y botánicos, como Wilheim Karwinski, Auguste Sallé, Ferdinand Deppé, Theodore Hartwegg, Kart Bartholomeus Heller, que describieron nuevos taxa para la ciencia. Estas actividades científicas fueron claves para el conocimiento de la biodiversidad mexicana, y tuvieron consecuencias tan relevantes, como la primera expedición mexicana que ascendió hasta la cima del Pico de Orizaba, en 1848 (Heller, 1853).
Kart Bartholomeus Heller narra su llegada a El Mirador, junto con Theodore Hartwegg, el 16 de noviembre de 1845, describiendo lo que ahora sería un Área Natural Protegida modelo:
“Cuando se ha penetrado en esos hermosos bosques donde el suelo se llena de innumerables plantitas, donde cada paso ofrece algo nuevo y donde aun las ramas están cubiertas con las más lujuriosas parásitas, donde animales de toda clase, sin conocer enemigos, se pasean alegremente y los insectos zumbantes revolotean en torno de las flores, entonces puede decirse con toda justicia que se haya uno en aquél lugar donde no tienen valides otras leyes que las de la naturaleza, otros derechos que los de la razón y otra fe que la del propio corazón. Allí se encuentra uno transportado de pronto a un mundo tan encantador por una parte y, por otra, tan repelente por su soledad y abandono, que por lo común se prefiere leer descripciones aun cuando se tenga oportunidad de visitarlo y aprender a valorarlo”.
“Sólo cuando llegamos a una pequeña llanura, de dejé vagar la mirada a fin de descubrir las construcciones de El Mirador. Una colina se juntaba a otra, todas cubiertas de vegetación, semejantes a una selva…” “Ahora estábamos ya en las primeras chozas, dispersas por aquí y por allá, y ya sólo nos faltaba una pequeña subida para llegar a la vivienda del dueño. Logramos vencer también este último pedacito del camino y pronto no hallamos ante las puertas de la ‘hacienda’, donde nos recibieron sus dueños, esforzados alemanes, amistosamente”.
En 1861, Ignacio Ramírez fue nombrado ministro de fomento por el presidente Benito Juárez y expidió el primer reglamento sobre tala y conservación de los bosques (Enciclopedia de México, 2000 p. 1038). Poco tiempo después, Manuel Villada, Integrante de la Comisión Científica de Pachuca, hacía notar que el Bosque Vedado del Chico, aún se conservaba en buen estado (Villada, 1864).
Durante su estancia en México, Maximiliano de Habsburgo compró la finca Jalapilla, colindando con El Mirador, con el fin de engrandecer sus colecciones de plantas y mariposas y, además, intercambiar información científica con su vecino. Los coloquios de Sartorius, Maximiliano, Kart Von Hedemann, Dominik Billimeck y muchos naturalistas más, fueron frecuentes entre 1864 y 1865 (De la Maza, en prep.)
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